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Dos tristes (y trágicos) circos que terminarán muy mal

Excelsior

Triste, para los que creemos en la democracia-liberal, ver lo que está pasando en un par de países con vieja tradición democrática. Me refiero a Estados Unidos y a Venezuela, dos naciones muy diferentes, pero que están pasando por momentos aciagos. Desgraciadamente, se han convertido en dos circos patéticos que pueden terminar muy mal. De hecho, en Venezuela ya estamos viendo una verdadera tragedia social.

Pero comencemos con Estados Unidos. Se han cumplido seis meses de la Presidencia de Donald Trump. La Casa Blanca se ha convertido en un imperdible show donde ocurren cosas a diario. Un teatro del absurdo.

Para empezar, ahí está el narcisismo de Trump que genera historias increíbles como la de reunir a todo el gabinete para que, en vivo y a todo color, los asistentes le rindan pleitesía al Presidente. Nunca, que yo recuerde, habíamos visto algo semejante en la larga historia republicana del vecino del norte. Penoso en un país que nació oponiéndose al boato y las adulaciones monárquicas.

Súmese a eso las divisiones dentro de la Casa Blanca. Todos contra todos peleando por un lugar en el corazoncito de Trump, incluyendo a su hija y yerno, como si la República la gobernara una familia real. Peleas que explican las múltiples filtraciones que llegan a la prensa.

Agréguese la llamada “trama rusa” en la que cada día queda más claro que el gobierno de Putin ayudó a la campaña de Trump a ganar la Presidencia. El Presidente corriendo a su asesor en seguridad nacional y luego al jefe del FBI. Ahora insultando a su procurador de Justicia, Jeff Sessions, supuestamente uno de sus más cercanos aliados, por haberse recusado de la investigación rusa. Claramente lo está orillando a renunciar para nombrar a un nuevo procurador que, por su parte, despida al fiscal especial dedicado a indagar el involucramiento ruso en las pasadas elecciones. Trump, incluso, habla de la posibilidad de otorgarse a él y a su familia un perdón presidencial por cualquier posible delito cometido. De no creerse.

Añádase la dura derrota en el Congreso para derogar el Obamacare, el cese del funcionario más importante de la Casa Blanca, el jefe de gabinete, Reince Priebus, y el nombramiento de un general, John Kelly, para sustituirlo. La primera medida de éste: correr al director de comunicaciones, Anthony Scaramucci, quien llevaba diez días en el puesto insultando a sus colegas en la Casa Blanca, incluyendo a Steve Bannon, el estratega presidencial.

¿Divertido? Sin duda. Pero patético para un país tan importante y serio como Estados Unidos. Y es que Trump ha transformado la Presidencia de ese país en un absurdo ring de lucha libre que sólo puede terminar de una forma: muy mal.

Venezuela fue de los primeros países en América Latina en tener un régimen democrático. En 1958, los principales partidos firmaron el Pacto de Punto Fijo que sentó las bases para una democracia representativa por más de cuatro décadas. Los partidos, sin embargo, se desgastaron y alejaron de la sociedad. En 1992, el coronel Hugo Chávez dio un golpe de Estado fallido. En 1998, los venezolanos lo eligieron Presidente en las urnas.

Acto seguido, comenzó su proyecto de Revolución Bolivariana que ha significado el desmantelamiento de la economía de mercado y el régimen democrático. Chávez se reeligió tres veces. En 2013, falleció víctima de cáncer. Lo sucedió Nicolás Maduro, quien ha ido perdiendo cada vez más el apoyo popular. Ante el desastre económico generalizado de la Revolución Bolivariana, en 2015, la oposición ganó, de manera contundente, los comicios de la Asamblea Nacional.

Desde entonces, Maduro se ha dedicado a concentrar su poder en detrimento de las demás instituciones. Líderes opositores han sido encarcelados. Decenas de venezolanos han muerto en manifestaciones en contra del régimen. El golpe final ha sido la supresión de la Asamblea Nacional por una Constituyente que supuestamente redactará una nueva Constitución. Ayer, como primer acto de lo que viene, Leopoldo López y Antonio Ledezma fueron reencarcelados.

Manifestaciones, detenciones, represión, muertos, barricadas y mucha retórica encendida. Así, el trágico circo venezolano. Triste observar el desmantelamiento paulatino de las instituciones democráticas. Maduro convirtiéndose, a los ojos de todos, en un dictador tropical. Este espectáculo sólo puede terminar de una forma: muy mal.

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