MURMULLOS

LATITUD MEGALÓPOLIS

Por: 

 

Sobre aquel sendero caminé, mientras el sol embestía con fuerza; trataba de tumbarme en aquel árido paisaje, doblar mi voluntad de seguir, corromper lo poco que tenía. No recordaba cómo había llegado hasta aquel punto, sólo descendía porque debía hacerlo. Quedaba continuar o morir.

 

El pasto quemado, la hierba seca; los árboles corroídos, cuyas tenues siluetas asemejaban aterradoras garras y prolongados dientes en la espera de mi tropiezo, mantenían la meta de ingerir mis acaecidos restos. Las sombras, desvanecidas por la intensa luz del medio día, acompañaban de vez en cuando mis pasos.

Empezaba a verse con más claridad aquel poblado a la distancia, y mientras más cerca, golpeteaban profundamente aquellos incesantes murmullos, relatando al oído antiguas historias, crónicas del presente y cuentos de lo que nunca será.

Entremezcladas voces sitiaban mis oídos, formando bucles en el tiempo; palabras que tomaban cada vez más sentido, letras que se unían tratando de comunicar el nombre de aquel lugar, alertarme de una verdad que permanecía oculta. De pronto, aquellos vastos susurros pidieron tregua. Sólo uno de ellos habló, pronunciando cada vez con más fuerza el nombre de “Comala”, gritándole en tono de súplica, a la vez huyendo en el horizonte. Rumores que matan.

No se puede huir de la verdad. Somos incapaces de correr más rápido que los murmullos, sólo nos queda esperar que sus palabras anuncien aquello que negamos al momento; ecos del ayer que narran una versión más cercana de lo que en realidad pasó.

Recuerdo con mucho cariño a Juan Rulfo, precisamente aquellas líneas que escribió en Pedro Páramo, “me mataron los murmullos”, sugiriendo que las voces que pronunció en aquel momento, una verdad tan poderosa como para que el protagonista perdiera la vida o recordara que ya estaba muerto.

Es curioso volver en el tiempo a la primera vez que conocí la ciudad ficticia de Comala, lugar que me enseñó tantas verdades signadas entre ficción, y cómo es que la palabra “murmullo” se volvió parte fundamental de mi vida. Poco a poco se nutrió con una serie de connotaciones adquiridas por otros autores, así como reflexiones propias, todas ellas integradas desde la voz.

Aprendí que los murmullos no sólo pueden ser aquellos sonidos provenientes de alguna parte externa y material, sino que se les puede encontrar entre recuerdos. Su despertar es producto de la soledad, el destierro, la ausencia de vida; así como el deseo, la anhelada búsqueda de supervivencia, sentido, adivinación.

Estemos caminando sobre las áridas tierras de Comala, la desconocida Kadath, la idealizada Omelas, entre los venerados gatos dentro de la ciudad de Ulthar, o en cualquier otra parte pintada en el mundo onírico o terrenal, estarán presentes de vez en cuando esas voces de las que hablo, aquellos murmullos que nos recuerdan lo vivido; alertan del porvenir o simplemente vuelan haciendo figuras en el aire buscando refugio, anhelando tener sentido para alguien.

Los murmullos pueden encontrarse en distintas formas, dentro de un centenar de aves migratorias que evocan esperanza, así como en palabras que nos recuerdan, sin precisión de cuándo, que ya habíamos muertos.

La vida y su ausencia, el principio y el fin, reptan en un interminable ciclo que se alimenta de sí mismo, que se transforma. Así, nosotros nos transformamos. Habitamos después de muertos en murmullos de lo que fuimos, de lo que nunca seremos.

Dicen que, con aquel último murmullo, todo se apaga, nuevamente la oscuridad se vuelve parte del horizonte, mientras emerge lo que fue, lo que pudo ser y lo que nunca será. Suma de todo, acompaña en los últimos momentos de la vida.

Brotamos desde el recuerdo mientras aquellos ecos se vuelven un lugar de descanso. Lo que queda de nuestras voces huecas, choca con las paredes; la madera que pisamos cuando vivos, sigue crujiendo por dentro; el paraje inhóspito que transitamos diariamente, nos da asilo; así como el arma y el asesino que nos privó de la vida, nos vuelve a dar muerte.

Vivimos en las historias tergiversadas que cuentan de nosotros, en los lamentos venideros que van acallando los años, hasta que el velo del olvido nos oculta. Nos volvemos uno más de aquellos murmullos.

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