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Joy Laville e Ibargüengoitia: una historia de amor perfecta

MILENIO

Ella pintaba y soñaba en otro idioma y él era un escritor en busca de las páginas perfectas que vendrían tarde o temprano, nos cuenta Jorge F. Hernández.

Ciudad de México

De un par de textos que Jorge F. Hernández publicó en MILENIO, recuperamos algunos párrafos para contar la relampagueante historia de amor de Joy Laville y Jorge Ibargüengoitia.

La pintora británica nacionalizada mexicana murió hoy a los 94 años.

Se conocieron en San Miguel de Allende. Ella salía literalmente del espeso bosque de un matrimonio que se había enredado de más, y Él era un escritor en busca de las páginas perfectas que vendrían tarde o temprano. Ella pintaba y soñaba en otro idioma, él creía ser dramaturgo por la facilidad de sus diálogos y para dejar de ser el ingeniero con el que soñaban sus tías solteronas. Ella y él no se enamoraron a primera vista porque consta que primero asentaron ese dónde y cómo tan raro que se llama amistad, un allí donde el afecto depende de la honestidad y el silencio, donde ambos intentan superar la puerilidad emocional de las codependencias necias y las celotipias enfermas.

La pintura de Joy Laville es una confirmación de que todos podemos llegar a ver nuestros sueños

Ella […] se llama Joy Laville (que podría traducirse como villorio de júbilo) y no pasa un solo día sin que piense o dialogue con Él, que se llamó Jorge Ibargüengoitia (que podría traducirse como uno de los escritores más entrañables, sarcásticos y leídos de México). Ella [pinta] en tenues colores y trazos que parecen todos al pastel una lánguida melancolía donde parece siempre filtrarse algo que podría llamarse la esperanza de una saudade garantizada, la sonrisa leve pero triste, la conversación al vacío, la mirada perdida, los paisajes de la memoria… y un avión que atraviesa el lienzo sin estruendo.

Joy Laville y Jorge Ibargüengoitia se conocieron en un febrero de San Miguel de Allende y se casaron cerca de Cuernavaca. El escritor afirmaba que “primero se hicieron amigos” y la pintora no ha dejado de sentir felicidad en la tristeza de que son ya tres décadas desde el trágico accidente en que murió Ibargüengoitia en Madrid, porque su amistad amorosa permanece intacta, en viva conversación de vacíos o gestos invisibles, y no hay un solo lector que logre mitigar la triste sonrisa de leerlo, sabiendo ya para siempre que es inmortal, habitante de esa música donde una lánguida melodía parece convertir al piano de todos los días en una forma impalpable de la conciencia, un cuadro grande donde un pintora inglesa, ya más mexicana por cada trazo de las sombras, ha pintado el callado paisaje donde una pareja parece conversar por el solo hecho de estar sentados juntos o ese jarrón con una sola flor azul que parece salirse del marco para que alguien intente confirmar si los pétalos son labios.

[El 27 de noviembre de 1983] Jorge Ibargüengoitia tomó el vuelo número 11 de Avianca Airlines en París con destino Bogotá, escala en Madrid Barajas. Dice Joy que Él insistió en varios intentos por no aceptar el viaje, que se hallaba navegando una nueva novela y no quería romper el envión de esas páginas y que quizá Ella misma insistió para que aprovechase el viaje para ver a muchos otros escritores amigos y relajar quizá la tensión posible que conlleva ir hilando párrafos, página a página. Dice Ella que la vida de ambos en París, así como Jorge pasaba las noches deambulando por Coyoacán en sueños, así ambos medían el paso de las horas por la campana de una escuela ubicada al lado de su edificio. Hay una hermosa fotografía de él, parado en el barandal parisino con las manos en los bolsillos y una sonrisa en el paisaje de su rostro: dice Joy que casi todos los días él trabajaba hasta que sonara la campana del recreo, se servían un tequila y aproximaban el ánimo a comer juntos… todo para que de sobremesa —un día sí y otros muchos también— Él se tumbara en un sofá de postprandio y exclamar al filo de la siesta “Soy un chingón”.

La pintura de Joy Laville es una confirmación de que todos podemos llegar a ver nuestros sueños, incluso sin recordarlos al amanecer. Son lienzos donde se respira el gozo que llora, la congoja que ríe, las sombras que hablan desde el más allá y los cerros que parecen morados de tan entrañable atardecer, tan nuestra la lluvia y ese balcón donde alguien siempre cuida macetas y más macetas con flores diminutas que parecen las conversaciones supuestamente interrumpidas que sostienen las parejas nonagenarias, platicando ya para siempre, cuando nadie los ve, como si volvieran a caminar juntos sobre la playa lila donde no se ven huellas, el traje de encaje invisible, las perfectas filas de palmeras que se inclinan según los vientos, o el oleaje de un azul pálido, acuarela al pastel, casi turquesa líquida, párrafo entrañable, París a media tarde y todas las noches se sueña con México. Intento viajar al cuadro donde todos los verdes son selva de eternidad o meterme en la pintura donde una mujer me espera callada, recostada en un diván. Por la ventana se ve un cielo de azul infinito y la diminuta silueta de un avión… se dibuja en el rostro una sonrisa triste, retrato clonado de escritor entrañable… Al fondo, parece llover.

*Los textos originales se pueden leer aquí:

Sonrisa triste

Latido de ausencia

ASS

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